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El día en que Can Misses empezó a creer en el Ibiza

18 abril, 2020

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Hacía mucho calor cuando Rafa Payán cogió el balón y lo plantó en el punto de penalti. Era el minuto 86 del partido y –metafóricamente– también de la temporada. El Ibiza había llegado a la eliminatoria definitiva del playoff de ascenso a Tercera División después de haber ganado nueve de los diez encuentros de Regional Preferente. En la primera ronda se deshizo del Sineu (2-4 en la ida –dianas de Rivas, Copi, que marcó dos veces, y el propio Payán– y 1-0 en la vuelta –gol de Moussa). Luego llegó el Santanyí, un rival que también tenía el ascenso entre ceja y ceja. Los mallorquines comenzaron la eliminatoria imponiéndose por la mínima en su casa. El penalti que iba a lanzar Payán era, entonces, definitivo. La falta dentro del área se la habían hecho a él y nadie más podía encargarse de transformarla en gol. Fallar no era una opción y el granadino asumió la responsabilidad sin que le bajaran sudores fríos por la nuca. Aunque hiciera calor. Mucho calor. En el césped y en la grada.

“Aquel día había mil personas en Can Misses. Tranquilamente. Cuando llegué al campo un par de horas antes de que empezara el partido vi a aficionados en los alrededores. Había ambiente de fútbol de verdad. Era la primera vez que nos ocurría”, recuerda Ángel Moreno, que había sido el capitán del equipo el año anterior, la temporada del debut en Regional, y luego se convirtió en el delegado de la primera plantilla. Desde el banquillo vio Ángel cómo Payán mandaba la bola al fondo de la red desde los once metros. “Nunca he sido de arrugarme o ponerme nervioso en esos momentos”, dice Payán, “y aquel día tampoco dudé. A mí me habían fichado para que fuera un espejo para los jugadores más jóvenes, pero también para resolver ese tipo de situaciones límite”. Fue el cuadragésimo gol que marcaba el mediapunta aquella temporada, el que otorgaba sentido a los 39 anteriores porque le estaba dando la vida a su equipo cuando se encontraba al borde del precipicio.

Todos estallaron de alegría tras el penalti de Payán. Titulares, suplentes, aficionados. El partido se iba a la prórroga y, si no se movía de nuevo el marcador, el premio sería para el Ibiza. Haber ganado la liga insular concedía a los ibicencos el privilegio de subir a Tercera sin tener que recurrir a una tanda de penaltis, pero era necesario resistir treinta minutos más con las piernas acalambradas y los pulmones respirando un aire húmedo y pegajoso. El equipo que entrenaba el alcoyano David Porras supo hacerlo. “Aquel playoff fue durísimo de principio a fin. Contra el Sineu jugamos bastante mejor, pero no fue fácil eliminarlos. Teníamos mucho desgaste encima y la prórroga contra el Santanyí se hizo larguísima. Nosotros, además, teníamos a varios futbolistas tocados y nos habían anulado un gol de Larra durante el tiempo reglamentario. Cuando escuché el pitido final sentí alivio. Esa es la palabra. Llevábamos dos años trabajando por un objetivo muy complicado y lo acabábamos de conseguir”, dice Roberto García, que está integrado en el cuerpo técnico del Ibiza como entrenador de porteros desde que el club echó a andar. “Fueron treinta minutos cargados de tensión. Sabíamos que cualquier error sería fatal, pero el Santanyí estaba tan fundido como nosotros. Intentamos coger oxígeno lanzando alguna contra. Fue la mejor manera de defendernos, aunque realmente ninguno de los dos equipos pudo llegar a la portería contraria”, explica Payán.

El goleador del Ibiza jugaba con el ‘10’ a la espalda y sobre esa camiseta se posó la mano de Rufete cuando el partido concluyó y por alguna mejilla caían lágrimas de emoción. Payán cuenta que el director deportivo que le había convencido para pasar de Segunda B –llegó procedente del Linares Deportivo, donde con 35 años había marcado una docena de goles– a la Liga Interpueblos ibicenca le dio un abrazo de amigo: “Y me dijo una de las cosas más bonitas que me han dicho a lo largo de mi carrera, algo tan personal sobre lo que pensaba de mí que he preferido guardármelo y no explicárselo a nadie”. Rufete también cogió por banda a Ángel Moreno y le dijo al delegado otra frase imborrable: “Este día lo vamos a recordar durante mucho tiempo porque a partir de hoy empezarán a hablar de nosotros. Eso me soltó Rufete y el tiempo ha demostrado que tenía razón. A partir de aquel ascenso muchos ibicencos empezaron a creerse que este proyecto iba en serio y no tenía nada que ver con otros que anteriormente se habían desarrollado en la isla. Desde el principio, la directiva tuvo claro que subir a Tercera era el objetivo, pero trabajar de la manera más profesional posible era todavía más importante”.

Payán, Ángel y Roberto coinciden en que el apoyo que la familia Salvo le dio al equipo durante la semana más complicada de la temporada fue fundamental. “Lo normal era ver al presi en el palco los días de partido, pero después de la derrota en Santanyí sus hermanos y él vinieron a Ibiza. Tenerlos en la grada mientras el equipo entrenaba nos dio un plus de responsabilidad y nos motivó para creer que era posible remontar en la vuelta en casa”, dice Ángel. “Es que éramos el rival a batir, tanto en Regional como en el playoff. En Preferente solamente nos empataron un partido. Todos los equipos a los que nos enfrentábamos tenían muchas ganas de vencernos. No estábamos acostumbrados a perder y fue un palo no sacar un resultado positivo en Santanyí. Tuvimos que levantar la moral de la plantilla en muy pocos días”, cuenta Roberto. El Santanyí, que había estado dieciocho campañas en Tercera y llegó a jugar varias promociones para subir a Segunda B, era otra cosa muy diferente a los adversarios que habían ido quedando en la cuneta a lo largo de la temporada. Rafa Payán explica lo “traicionero” que resulta enfrentarse, de repente, a un equipo de un nivel superior. “Te exige jugar a un ritmo y con una concentración que, aunque los tengas, debes demostrarlo. Recuerdo que antes de empezar el partido de vuelta le dije a Rafa de las Heras: “Tío, esto tenemos que sacarlo adelante’. Y lo conseguimos. Sufrimos mucho, pero mereció la pena. Ahora disfruto mucho cada vez que voy a Can Misses a ver los partidos del primer equipo con mi hijo, que juega en la Academia. Me hace muy feliz pensar que nosotros fuimos los que empezamos una aventura que ahora está en Segunda B y que en pocos años ha ayudado a mejorar el fútbol ibicenco. El ascenso a Tercera con el Ibiza es una de las cosas más bonitas que me han pasado como futbolista”, dice Payán, que ha empezado su carrera como técnico entrenando a la Penya Esportiva Sant Jordi.

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