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Los más pequeños también extrañan el partido del domingo

25 abril, 2020

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A las siete y media de la mañana los padres de Toni Riera ya se han marchado de casa. Su padre trabaja en una gestoría y debe ir a la oficina todas las mañanas para centralizar el trabajo que el resto de sus compañeros hacen desde casa. La madre de Toni tiene un empleo en el sector de la alimentación y también abandona pronto el domicilio. Cuando este hogar del pueblo de Jesús se queda vacío él lleva un rato despierto. Aunque no vaya al instituto tiene que ir clase. Después de vestirse y desayunar, enciende el ordenador y se pone a teclear. “Toni no era un experto en informática, pero cuando la necesidad aprieta te tienes que espabilar. Sus profesores le mandan la programación diaria y semanal para que pueda seguir con el curso. También ha hecho alguna vídeollamada para resolver dudas. Su rutina es casi la misma que tendría si siguiera yendo al centro”, dice su padre. Toni tiene quince años y es alumno de tercero de ESO en el Isidor Macabich. Lleva el curso “bastante bien” y el confinamiento “no demasiado mal”. Su padre cree que es cuestión de carácter: “Toni es un chico alegre, muy positivo y siempre ríe”. Solamente hay una cosa que le supera: haberse quedado sin fútbol. “Es su gran pasión. Me alegra que no descuide los estudios y que tenga las ideas tan claras. Por eso se pasa todo el día leyendo, viendo vídeos y recopilando información sobre su deporte favorito, que le enriquece mucho como persona”, cuenta su padre.

–Lo primero que haré cuando pueda salir de casa será ir a Can Misses y reventar la portería de un disparo.

Dice bromeando Toni, que juega de mediapunta en el equipo cadete del Ibiza. No pone un pie en la calle desde el 14 de marzo. Seis semanas que se habrían hecho aún más largas sino existieran todas las herramientas de comunicación que hoy disfrutan los adolescentes. “Siempre le explico –y a él le gusta preguntarme– que si esto nos hubiera ocurrido a su madre y a mí cuando teníamos su edad ahora nos estaríamos subiendo por las paredes”, dice su padre. Con los amigos habla Toni a última hora de la tarde. O se ven por la cámara del móvil o juegan al FIFA o al Fortnite en la Play Station, siempre después de haber acabado sus tareas. Este quinceañero tiene fama de ser un chaval ordenado: cuando cierra los libros –alrededor de las dos de la tarde–, come y descansa se pone a hacer ejercicio. “Echo de menos entrenar con los compañeros o jugar partidos, pero me estoy manteniendo en forma todo lo que puedo. En la urbanización donde vivimos tengo suficiente sitio para tocar un poco el balón, pero me falta espacio para correr y hacer cardio”, explica el futbolista de la Academia celeste. Toni es hijo único y, al haber cumplido los quince a principios de marzo, no podrá salir a la calle a partir de este domingo. “Cuando me enteré me dio un poco de rabia, pero como supe que salir no significaba volver a jugar a fútbol tampoco me preocupó tanto. Sé que algún día esta situación se arreglará y volveremos a la normalidad”, dice.

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El silencio que disfruta Toni en su habitación todas las mañanas contrasta con el bullicio que debe armarse en el piso del centro de Vila donde vive la familia Costa Ferrán. David y Sara son padres de cinco hijos. El mayor, Israel, tiene diez años. Le sigue Javier, con ocho, y dos menos que él tiene David, el hermano que está a caballo entre los mayores y los chicos. Carlota, de cuatro años, y Gabriel, que solamente tiene quince meses, son los pequeños de una familia muy vinculada al Ibiza. Los tres primeros hermanos se forman en la Academia y es habitual ver a los siete –dos padres y cinco hijos– en los partidos que el primer equipo juega como local. “Realmente, el confinamiento no ha cambiado tanto nuestra vida en algunas cosas”, dice Sara, la madre del clan, “porque cuando tienes tantos hijos es esencial mantener buenas rutinas. Ahora, claro, es más importante que nunca. Hemos aprendido a dividir todavía mejor los espacios, sobre todo en la cocina y en el comedor, que es donde más vida hacemos”.

Sara habla desde su piso de cien metros cuadrados, que cuenta con tres habitaciones. Es decir, en su casa compartir es el verbo que más se conjuga. “Cada día, después de desayunar, montamos un colegio de campaña, como me gusta llamarlo. Hemos dividido la mañana en dos partes. La primera, de nueve a once, la dedicamos a hacer fichas sentados en una silla. Yo estoy con ellos y les ayudo en todo lo que puedo, apoyándome en el material que nos han pasado sus profesores. La experiencia me está reciclando como madre”, dice. Después de tomarse un pequeño descanso –donde la tropa corretea por el piso como si fuera la hora del patio–, vienen las actividades con movimiento. Durante estas seis semanas, Israel, Javier, David y Carlota (Gabriel es muy pequeño para esos berenjenales) han aprendido a hacer yoga o zumba. “Y se lo pasan muy bien porque todo es estimular la imaginación”, explica la madre de los cinco, que trata de mantenerlos entretenidos por las tardes con clases de repostería o vídeollamadas que sirven para contarle a sus dos abuelas y su bisabuela las ganas que tienen de ir a abrazarlas a sus casas.

¿Y no preguntan por el fútbol? “¡Muchísimo!”, responde Sara, “pero yo trato de calmarlos poniéndolos los entrenamientos del Ibiza en YouTube, que tratamos de seguir. Les encanta ver a sus ídolos en la pantalla, saber que siguen ahí, aunque no los puedan ver en el campo. Eso le gusta especialmente a Israel, el mayor, que es un loco de este deporte. Cuando tenía tres años cogía el mando de la tele y en vez de ver los dibujos animados aprendió a encontrar los canales de fútbol. Se pasaba todo el día viendo partidos y memorizando los nombres de los jugadores. Le daba igual qué equipos o ligas fueran. Él se lo tragaba todo”. Así es fácil entender que a Israel y a sus hermanos no les haya costado demasiado trabajo encontrar los balones que sus padres escondieron en un altillo al empezar el confinamiento. La alegría les duró poco. Después de cargarse dos marcos de un balonazo, las pelotas volvieron a ser confiscadas. Ahora les han dicho que a partir de la próxima semana podrán dar un paseo por el puerto cada día. No acaban de creérselo, pero Sara sabe que cuando sus hijos pongan un pie en la calle saldrán como galgos. Y Carlota, la única niña de los hermanos y, según su madre, la más avispada, puede que en vez de un juguete se lleve de casa un espray para matar mosquitos. “Porque, como nos dijo el otro día cuando estábamos viendo las noticias: ¿si hay un virus en la calle, por qué no le echamos desinfectante?”.

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La abuela de Joel Martos –doce años y alevín del Ibiza, donde juega como delantero– y su hermana Elsa –que tiene dos más– también está informatizada. “A mi madre, que los echa muchísimo de menos, les encanta hablar con ello por vídeollamada, que le cuenten lo que hacen durante el día, cómo estudian y hablan con sus amigos. Ellos forman parte de una generación que ya ha nacido con internet, no ha tenido que aprender a utilizarlo. Es increíble la facilidad que tienen para empezar a usar una nueva aplicación. No conciben no poder comunicarse al instante con la gente de su entorno”, explica Chris, su padre. Abogado de profesión, está trabajando principalmente desde casa a pocos metros de sus hijos. Chris está separado y tiene custodia compartida, así que Joel y Elsa pasan dos semanas al mes en su casa. La cuarentena ha provocado que ese tiempo compartido sea total, algo que puede parecer extraño tratándose de dos chicos que se adentran en la pubertad. “Lo que ocurre”, dice Chris, “es que ya estábamos acostumbrados a pasar tiempo juntos y no ha sido demasiado duro estar todo el rato en casa”. Su hija ha sacado del padre, que es músico y escritor, sus pasiones artísticas y Joel, claro, la afición futbolera.

El confinamiento, por ejemplo, les está sirviendo a los dos para ver partidos de los años ochenta y noventa, donde Chris enseña a Joel quién era quién en el fútbol tan diferente que se jugaba durante aquellas décadas. “Ahora les permito irse a dormir un poco más tarde que de costumbre y podemos disfrutar de esos momentos. Lo hago para que el día luego no se les haga tan largo. En vez de despertarse a las siete, duermen una hora más y luego estudian hasta las dos en las plataformas virtuales que ha puesto a su disposición el Verge de les Neus, el colegio de Sant Jordi donde van a clase”, dice Chris. A su hijo y a él les gusta subir al terrado que tienen en casa. “Ese espacio nos da la vida”, cuenta el padre, explicando que allí pueden tocar un poquito el balón mientras el sol de primavera les roza las mejillas. A partir del lunes, avisa, saldrán a dar una vuelta alrededor de la manzana y se echarán alguna carrerilla.

Elsa suele quedarse en su cuarto leyendo, escribiendo, pintando –afición que comparte con Joel– o cantando (alguna vez se ha colado en los directos de Instagram que hace su padre los jueves por la tarde). “Ahora que no pueden ir al cine con los amigos o a la bolera, disfrutan cultivando sus gustos aunque a mi hijo, claro, le falte la emoción de los partidos, el aprendizaje de los entrenamientos y la magia de ir a animar al primer equipo los domingos al mediodía. Muchas veces hablamos de la buena temporada que estaban haciendo y de lo mucho que disfrutábamos en sus partidos”, explica Chris, que le deja su móvil un par de horitas después de comer a Joel para que, entre otras cosas, siga conectado con sus amigos y con sus compañeros de equipo. Con ellos comparte un grupo de WhatsApp en el que su entrenador –un tal Sergio Cirio– va lanzándoles retos de habilidades para que sus futbolistas se distraigan para que vayan superando sin casi darse cuenta el desafío más importante de todos: quedarse en casa hasta que la Covid-19 desaparezca de nuestras vidas.

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